Abre los ojos nublados y tarda unos segundos en reconocer el lugar en el que se encuentra. El techo blanco y las lámparas estilo moderno le dan la pista: está en casa. Estira su brazo izquierdo y no siente nada, es normal, su cama king-size es lo suficientemente grande como para dormir con otra persona sin la necesidad de rozar su piel. Talla sus ojos para que la poca luz del alba sea bien reflejada por su iris y su visión deje de ser borrosa. No lo logra. Gira su cabeza a la derecha y un cinco acompañado de un par de ceros le gritan que se levante. Ahora gira a su izquierda para encontrarse con la silueta a medio ronquido de su esposa… en su lugar ve una almohada a punto de caer al suelo. Tras unos instantes de extrañamiento recuerda que se fue a la capital. Tuvo que viajar a media semana con su hija, pues era hora de que volviera al internado extranjero que con tanto esfuerzo habían pagado. Respira profundo mientras que a su memoria vuelve poco a poco la información: esa tarde saldría también él rumbo a la capital para despedirla acompañado de sus otros dos hijos. –La voy a extrañar– pensó… –¡Claro que la voy a extrañar! Es mi niñita.Se sienta en la cama mientras se rasca la rodilla derecha y suelta un bostezo. Es hora de la ducha y al pensar en la regadera sangrante de gotas heladas un calosfrío le araña la espalda. ¡Nada mejor para despertar! Conforme camina al baño va dejando rastro de ropa tras él: primero se desprende de su camiseta roída por el tiempo y el detergente barato, después de los boxers y, al final, de los calcetines. Al llegar al baño y tras prender la regadera, observa su cuerpo desnudo frente al espejo… Las cicatrices, las arrugas, las pecas y manchas de sol… los rastros del tiempo. Su piel avejentada y pálida parece carecer de belleza a primera vista, pero es una de las cosas más hermosas sobre la faz de la tierra: es un libro en Braile, esperando ser descubierto por aquellas yemas de su juventud. Cómo anhelaba aquellas manos juguetonas que recorrían su espalda leyendo sus secretos. Sí, su vida estaba escrita en su piel y hace mucho tiempo se había perdido el interés por saborearla a caricias, incluso cuando aquello tan deseado descansaba a su lado cada noche…O lo hacía hasta la semana pasada.
Cuenta hasta tres y da un salto mortal hacia la lluvia artificial vociferando entre gemidos –Tengo que arreglar el maldito calentador. Se baña en cuestión de segundos y al salir se da cuenta que ha olvidado sacar una toalla del clóset al fondo del pasillo. Hace el recorrido dejando hilillos de agua por todo el piso. –Ya se secarán. Se viste y de camino a la cocina de su casa de tres pisos, pasa a despertar a sus hijos. Es hora de ir a la escuela y con ella, inicia un día más de cotidianidad… O al menos eso es lo que él cree…
